Art 26/26. Más competencia, menos intimidad: la semana en que Europa se contradice.
La semana pasada hablábamos de una criatura que
empezaba a estar completa.
Ya tiene cabeza para razonar. Tiene manos
digitales —y cada vez más físicas— para intervenir en el mundo. Y empieza a
mostrar capacidad para planificar, utilizar herramientas, coordinar tareas y
actuar con una autonomía creciente.
No tiene voluntad propia. Al menos, no en el
sentido humano del término. No se levanta un lunes pensando que quiere
conquistar el mundo, pedir un aumento de sueldo o mandar a su jefe a paseo.
Pero sí tiene cada vez más capacidad para hacer
cosas sin que tengamos que acompañarla clic a clic.
Y eso cambia bastante el partido.
Porque cuando una tecnología deja de limitarse a
responder y empieza a actuar, ya no basta con preguntar si funciona. Hay que
preguntarse dónde puede entrar, qué información puede utilizar, quién establece
sus límites, qué riesgos puede generar y qué ocurrirá con las personas cuyo
trabajo empieza a reorganizar.
La criatura ya vemos que ha salido del
laboratorio.
1. Europa
quiere abrir la puerta de Android. Pero ¿qué pasa con nuestra privacidad?
La Comisión Europea ha adoptado dos decisiones
que afectan directamente a Google y al desarrollo de los asistentes de
inteligencia artificial en Europa.
La primera exige que Google permita a otros
servicios de IA acceder en condiciones equivalentes a once funcionalidades
relevantes de Android. Hablamos de funciones que pueden permitir a un asistente
activarse por voz, operar en segundo plano, interactuar con aplicaciones o
ejecutar determinadas acciones dentro del dispositivo.
La intención parece razonable: si Gemini juega en
casa y conoce dónde están todas las llaves, sus competidores no deberían entrar
por la ventana del baño.
Además, Android está presente en alrededor del 60
% de los dispositivos móviles europeos. Por tanto, controlar Android no
significa simplemente controlar un sistema operativo. Significa controlar una
de las principales puertas de acceso a la inteligencia artificial para millones
de ciudadanos.
Pero la segunda decisión es todavía más delicada.
La Comisión obliga a Google a compartir con
competidores autorizados determinados datos anonimizados procedentes de su
buscador: consultas, clasificaciones, clics y visualizaciones. Entre los
posibles beneficiarios se incluyen asistentes de IA que también ofrecen
funciones de búsqueda.
Aquí conviene evitar dos extremos.
No significa que ChatGPT, Perplexity o cualquier
otra IA puedan abrir nuestra cuenta, leer nuestro historial personal y
descubrir que el domingo a las tres de la mañana buscamos “cómo saber si mi
vecino me odia”.
Lo que se compartirán son conjuntos de datos
anonimizados destinados a mejorar otros motores de búsqueda y reducir la enorme
ventaja acumulada por Google.
Pero tampoco deberíamos despachar la cuestión con
un tranquilizador “no pasa nada porque está anonimizado”.
La anonimización no es magia. Una consulta muy
específica, combinada con otros datos, puede llegar a ofrecer pistas sobre una
persona. Por eso será fundamental conocer qué técnicas de anonimización se
aplican, qué empresas reciben la información, qué controles existen, cuánto
tiempo pueden conservarla y qué sanciones se impondrán si alguien intenta
reconstruir identidades.
La competencia es buena. La privacidad también.
Y no deberíamos tener que sacrificar una para
conseguir la otra.
Europa intenta evitar que Google sea al mismo
tiempo propietario del estadio, árbitro y delantero centro. Perfecto. Pero al
abrir las puertas tendrá que asegurarse de que no se lleven también los
vestuarios, las taquillas y la ficha médica de los aficionados.
Y por si la sopa de privacidad necesitaba más
sal, dos días antes de todo esto el Parlamento Europeo había rematado la faena
por otro flanco: el Chat Control.
El 9 de julio, mediante un procedimiento de
urgencia poco habitual en pleno verano, la Eurocámara prorrogó hasta 2028 la
excepción que permite a plataformas como Gmail, Messenger o Skype escanear
voluntariamente los mensajes de sus usuarios en busca de material de abuso
infantil. Se aprobó una enmienda que excluye expresamente las comunicaciones
cifradas de extremo a extremo, así que WhatsApp, Signal o iMessage quedan fuera
del radar. Por ahora.
Y aquí viene el detalle que no debería pasar
desapercibido: 314 eurodiputados votaron en contra de la prórroga, solo 276 a
favor. La mayoría dijo que no. Y aun así ganó el sí, porque el procedimiento
exigía una mayoría absoluta de 361 votos para tumbarla del todo, y los
contrarios se quedaron cortos por 47. Una ley que la mayoría rechaza puede
seguir en vigor si la fontanería del procedimiento lo permite. Ingeniería
institucional fina. Tranquilizadora, lo que se dice tranquilizadora, no tanto.
El expediente vuelve ahora al Consejo, que tiene
hasta principios de octubre para aceptar o rechazar esa enmienda sobre el
cifrado. Y en paralelo sigue negociándose por separado el reglamento
permanente, el auténtico Chat Control 2.0, que en su versión más dura sí
plantea escanear también las comunicaciones cifradas. La batalla de fondo ni
siquiera ha empezado.
Y aquí es donde la semana europea deja de tener
sentido si la miras de un solo lado. La misma institución que obliga a Google a
abrir sus puertas para proteger tu privacidad frente a un solo gigante, revive
dos días antes un mecanismo que autoriza a ese mismo tipo de plataformas a
mirar dentro de tus mensajes sin orden judicial ni sospecha previa. Bruselas te
protege de Google con una mano y le entrega la llave de tu bandeja de entrada a
Meta o a Microsoft con la otra. La coherencia regulatoria, de momento, brilla
por su ausencia.
2. China no
solo quiere -solo- fabricar modelos. Quiere escribir parte del reglamento
Mientras Europa intenta abrir los ecosistemas
digitales, China ha decidido abrir otro frente: el de la gobernanza mundial de
la inteligencia artificial.
Veintinueve países han firmado un acuerdo para
impulsar la World AI Cooperation Organization, una nueva organización
intergubernamental promovida por China.
Durante la conferencia mundial de inteligencia
artificial celebrada en Shanghái, Xi Jinping presentó a China como defensora de
una IA abierta, accesible y orientada a reducir la brecha tecnológica de los
países en desarrollo.
El discurso contiene elementos positivos. El
acceso a la inteligencia artificial no debería quedar reservado a cinco grandes
compañías y un grupo reducido de países con suficiente dinero para comprar
montañas de procesadores.
Pero tampoco hace falta ponerse una venda en los
ojos.
China no está repartiendo modelos abiertos por
puro amor a la humanidad. Está construyendo influencia tecnológica, económica y
política. Está ofreciendo a muchos países una alternativa más barata y menos
dependiente de las plataformas estadounidenses.
Y quien proporciona los modelos, la
infraestructura, la formación y los estándares acaba teniendo bastante
capacidad para condicionar el ecosistema.
Estados Unidos cuenta con las grandes compañías y
el liderazgo en modelos. Europa intenta construir su posición mediante
regulación y derechos. China apuesta por modelos abiertos, menores costes y
alianzas con el Sur Global.
La IA se está convirtiendo en una nueva capa de
la geopolítica.
Elegir un modelo ya no será siempre una simple
decisión técnica. También puede implicar elegir una infraestructura, unas
reglas, una jurisdicción y una dependencia estratégica.
El algoritmo quizá venga en código abierto.
El paquete completo, no tanto.
3. La paradoja
biológica: la IA puede provocar el incendio y ayudarnos a apagarlo
Google DeepMind e Isomorphic Labs han presentado
su estrategia conjunta de biorresiliencia.
Su punto de partida resulta tan inquietante como
razonable: los modelos avanzados pueden aumentar determinados riesgos
biológicos, pero también pueden convertirse en herramientas fundamentales para
prevenirlos, detectarlos y responder ante ellos.
Durante los últimos doce meses, ambas
organizaciones afirman haber impulsado más de quince colaboraciones con
gobiernos, especialistas en bioseguridad y grupos de investigación.
El programa plantea utilizar IA para mejorar la
vigilancia de patógenos, acelerar el diseño de vacunas y tratamientos y
facilitar una respuesta más rápida ante posibles brotes.
También contempla adaptar SynthID —la tecnología
de identificación desarrollada por Google— al terreno biológico. La intención
sería ayudar a los proveedores de síntesis de ADN a detectar secuencias
potencialmente peligrosas generadas mediante inteligencia artificial.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas de
esta nueva etapa.
La misma IA que puede ayudar a diseñar una vacuna
puede facilitar conocimientos útiles para crear una amenaza. La misma capacidad
que reduce el tiempo necesario para responder a una pandemia puede disminuir
también las barreras para provocar un daño.
La respuesta no puede ser prohibir cualquier
avance. Pero tampoco podemos aplicar el conocido método de Silicon Valley:
Primero lo lanzamos. Después ya veremos si
alguien muta.
En ámbitos de alto riesgo necesitaremos
evaluaciones independientes, accesos restringidos, trazabilidad, monitorización
constante y protocolos claros para retirar un modelo cuando las salvaguardas no
sean suficientes.
No todo lo técnicamente posible debería estar
disponible para cualquiera que tenga una tarjeta de crédito y una tarde libre.
4. La
reorganización laboral: cuando la eficiencia siempre empieza por la silla de
otro
Y llegamos al capítulo que suele esconderse
debajo de la alfombra de las presentaciones corporativas.
Más de 4.500 trabajadores de Google han firmado
una petición reclamando mayor protección ante posibles despidos. Piden
indemnizaciones garantizadas, salidas voluntarias antes de aplicar despidos
forzosos y el fin de determinados sistemas de evaluación vinculados a cuotas.
No podemos afirmar que todos los recortes de las
compañías tecnológicas estén provocados directamente por la inteligencia
artificial. Muchas veces, la IA sirve como una explicación moderna para una
decisión de reducción de costes bastante tradicional.
Antes se llamaba reestructuración.
Después se llamó transformación digital.
Ahora se llama eficiencia habilitada por inteligencia artificial.
Las presentaciones cambian, ver las sillas vacías cada vez mas frecuente.
Las empresas aseguran que la IA eliminará tareas
repetitivas, liberará tiempo y permitirá que las personas se concentren en
actividades de mayor valor. Puede ser cierto. Pero para que ocurra se necesita
algo más que comprar licencias y organizar un webinar titulado “Descubre tu
futuro con la IA”.
Hay que rediseñar puestos. Identificar nuevas
capacidades. Formar antes de que desaparezca la tarea. Crear movilidad interna.
Dar tiempo para aprender. Y explicar qué sucederá con la productividad
obtenida.
Porque si toda la mejora acaba convertida
exclusivamente en reducción de plantilla, los empleados aprenderán una lección
muy sencilla:
Cuanto mejor enseñe a la IA a hacer mi trabajo,
antes podrán prescindir de mí.
Y esa no parece la mejor base para construir una
cultura de adopción.
La resistencia a la IA no siempre nace del miedo
a la tecnología. A veces nace de una desconfianza bastante racional sobre qué
hará la empresa con los beneficios obtenidos.
La transformación no se mide solo por cuánto
trabajo automatizamos.
También se mide por cómo tratamos a quienes
realizaban ese trabajo.
5. Y por si
faltaba velocidad, llega GPT-5.6
He dejado deliberadamente para el final el
anuncio de OpenAI.
No porque sea irrelevante, sino porque corremos
el riesgo de convertir cada lanzamiento de un modelo en una procesión con
incienso, benchmarks y un coro cantando “esto lo cambia todo”.
OpenAI ha presentado GPT-5.6 destacando mejoras
en programación, navegación, ciencia, ciberseguridad y trabajo profesional. La
compañía afirma que obtiene mejores resultados utilizando menos tokens,
reduciendo tiempos y mejorando la relación entre capacidad y coste.
Estos resultados proceden del propio fabricante,
por lo que necesitarán validación independiente. Pero hay un aspecto que me
parece más interesante que la habitual guerra de puntuaciones.
GPT-5.6 incorpora un nivel denominado ultra,
orientado a coordinar múltiples agentes y líneas de trabajo en paralelo.
Esto supone un cambio importante.
Ya no hablamos únicamente de mantener una
conversación más natural o recibir una respuesta mejor redactada. Hablamos de
sistemas capaces de descomponer un objetivo, repartir tareas, ejecutar procesos
simultáneos, revisar resultados y devolver un trabajo integrado.
Es decir, la IA empieza a organizarse mejor.
En una empresa, eso podría significar que un
sistema investigue un mercado mientras otro analiza documentación interna, un
tercero prepara una comparativa y otro revisa riesgos y contradicciones.
El valor ya no estaría en una única respuesta
espectacular, sino en la capacidad para coordinar un proceso completo.
Y aquí vuelve la pregunta corporativa que
realmente importa:
¿Tenemos preparados los datos, los permisos, los
controles y las personas para trabajar con sistemas capaces de organizar
tareas, o simplemente vamos a darles acceso y esperar que la criatura tenga un
buen día?
Cierre
Esta semana no hemos visto una única gran
revolución. Hemos visto varias piezas encajando.
Europa quiere abrir Android y los datos de
búsqueda sin desproteger al ciudadano. China construye alianzas para influir en
las reglas mundiales. DeepMind utiliza la IA para enfrentarse a riesgos que la
propia IA puede amplificar. Los trabajadores de Google preguntan si la
eficiencia terminará otra vez en despidos. Y OpenAI presenta sistemas capaces
de coordinar tareas cada vez más complejas.
La criatura ya tiene cabeza, manos y capacidad
para actuar.
Ya ha salido del laboratorio.
Y fuera se ha encontrado con gobiernos, empresas,
datos personales, riesgos biológicos, trabajadores preocupados y departamentos
de estrategia deseando ponerle una corbata y llamarla “transformación”.
Nos prometieron un copiloto.
Después llegaron los agentes.
Ahora descubrimos que también pueden organizar el
viaje, reservar el hotel, revisar nuestra documentación y calcular cuántas
personas sobran en el autobús.
No sé si la IA tiene voluntad.
Pero algunos de quienes la manejan tienen
muchísima.
Y eso, sinceramente, me preocupa bastante más.
Fuentes consultadas según la temática
Euronews: Información relativa a la aprobación y prórroga de la medida Chat Control 1.0 en el Parlamento Europeo
Comisión Europea: Documentación oficial sobre los conjuntos de datos de búsqueda (consultas, clasificaciones, clics y visualizaciones) que Google estará obligado a compartir con sus competidores
Comisión Europea: Resoluciones y directrices sobre la interoperabilidad de asistentes de inteligencia artificial en el sistema operativo Android
2. Geopolítica y Gobernanza Global de la IA:
Reuters: Reporte sobre la creación de la World AI Cooperation Organization con la firma de 29 países
Reuters: Cobertura de la estrategia internacional de inteligencia artificial y el discurso de apertura presentados por China en la conferencia de Shanghái
3. Bioseguridad y Avances Científicos (Biorresiliencia):
Google DeepMind e Isomorphic Labs: Publicación oficial y detalles del programa conjunto sobre la estrategia de biorresiliencia y la aplicación de la tecnología SynthID en la síntesis de ADN
4. Impacto Laboral y Derechos de los Trabajadores:
The Guardian: Reportaje sobre la petición formal firmada por más de 4.500 empleados de Google para exigir protecciones laborales y condiciones justas ante reestructuraciones
5. Nuevos Modelos Tecnológicos y Agentes de IA:
OpenAI: Presentación oficial, documentación de capacidades, métricas de rendimiento y evaluaciones del modelo GPT-5.6 (incluyendo su modalidad ultra para la coordinación de agentes avanzados)

Comentarios