domingo, 24 de mayo de 2026

 


Art 18/26. El aprendizaje en el puesto de trabajo: Una necesidad urgente (a no ser que quieras ponerle IA al mismo caos de siempre)


Hubo un tiempo, algunos/as ya ni se acuerdan, en que todo iba más despacio. Acababas la carrera—ni falta que hacía un máster—, entrabas en una gran compañía y ya está, a cotizar cada mes. Te actualizabas, sí, pero muy de tanto en tanto: cuando cambiaba un proceso o traían una máquina nueva. Vivimos muchos años instalados en esa comodidad simplona. Si tenías un poco de suerte, algo de carisma y mucha labia, la alfombra roja profesional se desplegaba sola.

Pero eso ya pasó. Y, seamos sinceros, quizá nunca fue del todo verdad.
Hoy, terminar los estudios, encadenar másteres y hablar tres idiomas no te habilita para crecer de forma automática. Te habilita, con suerte, para que te dejen entrar a jugar la partida. sin embargo, muchos profesionales aún siguen creyendo que un título es una especie de vacuna permanente contra la obsolescencia. Pero ya os anticipo : el título caduca, la experiencia también y la expertise, si no la actualizas, acaba oliendo a armario cerrado sin polil.

En el entorno actual donde la inteligencia artificial, la regulación constante, los nuevos modelos de negocio y las expectativas del cliente cambian a velocidad de vértigo, aprender ya no es una actividad puntual, solemne y desconectada del día a día. El aprendizaje tiene que ocurrir dentro del flujo de trabajo: pegado al problema, al cliente, al error, a la duda y a la decisión. Josh Bersin lo define con claridad: el aprendizaje en el flujo de trabajo es el que llega "cuando se necesita", integrado en tus herramientas y plataformas reales, no como una excursión formativa de la que vuelves con tres bolígrafos de propaganda y cero soluciones.

Del "me apunto a un curso" al "necesito resolver esto ahora"

La formación corporativa ya no puede limitarse a "despachar cursos" para cumplir el expediente. Eso era la versión de los noventa: catálogo, matrícula, curso, check verde y todos contentos. Bueno, todos no. El negocio seguía esperando resultados, el profesional seguía encallado con su problema y Recursos Humanos se quedaba midiendo la asistencia y el ratio de finalización como si eso fuera impacto real. Para sorpresa de pocos, algunos aún lo piensan.

El aprendizaje en el puesto de trabajo tiene una lógica radicalmente distinta. No arranca con la típica pregunta complaciente de "¿qué curso quieres hacer este año?", sino con una mucho más incómoda y útil: ¿qué necesitas resolver, mejorar o aprender para hacer mejor tu trabajo hoy mismo?

Ahí cambia todo. Porque una persona no siempre necesita un programa ejecutivo estructurado. Hablamos de adaptar la metodologia a la necesidad.

  • A veces necesita una guía rápida de dos minutos.

  • A veces necesita tomarse un café con el compañero que ya ha solucionado ese marrón tres veces.

  • A veces necesita un asistente de IA contextual que le aclare un procedimiento interno en segundos.

  • Y a veces, claro, necesita que su manager le mire a los ojos y le diga: "Mira, esto no lo dominas, y si quieres seguir jugando en esta liga, tienes que ponerte las pilas".

Voy a intentar explicarlo de manera sencilla. El reto de una estrategia de aprendizaje corporativa madura se basa en combinar dos cuestiones, en tener claras dos velocidades:

  • La velocidad de la necesidad inmediata: Resolver la duda operativa, la nueva normativa o la queja de ese cliente que plantea algo inédito. Todo en tiempo real. Aquí la formación es plug and play: disponible, breve, accionable y en el momento exacto.

  • La velocidad del desarrollo estratégico: Construir capacidades a medio y largo plazo. El upskilling y el reskilling de verdad. No se trata solo de apagar los fuegos del día; se trata de preparar a tu plantilla para puestos que aún no existen y herramientas que se están desarrollando ahora mismo.

El World Economic Forum, en su Future of Jobs Report, sitúa la IA, el big data, la resiliencia, la flexibilidad y el aprendizaje permanente en el epicentro de las capacidades críticas. Traducido al idioma de la cafetería que seguro tenéis en la oficina: quien no aprenda de forma continua, no es que se quede estancado; es que se está moviendo hacia atrás en una escalera mecánica.

La empresa no puede mirar desde la grada (El peligro del BLV)

Conviene no caer en otra trampa muy de los comités; cargarle toda la responsabilidad de la actualización al trabajador. El mantra corporativo de "sé dueño de tu propio desarrollo" suena de maravilla en las presentaciones, siempre y cuando la empresa no lo use como una traducción elegante de "Búscate La Vida" (el famoso BLV de toda la vida).

El aprendizaje continuo exige compromiso individual, eso es indiscutible. Pero necesita, por encima de todo, un ecosistema organizativo que ponga los medios, el tiempo, la tecnología y la cultura. Sin eso, el discurso de la empleabilidad se convierte en un banner bonito en la intranet. Ese banner que todo el mundo ignora.

Para que un ecosistema de aprendizaje funcione, debe sostenerse sobre tres pilares reales:

  • Estrategia conectada al negocio, no a las modas: No se trata de inundar tu plataforma de contenidos porque quedaba espectacular en la demo que te vendió una consultora externa por un pastizal. Comprar contenido al peso para "quitarse el marrón de encima" no es estrategia, es pereza. Debes identificar qué gaps críticos tienes y qué soluciones mueven la aguja del negocio.

  • Experiencia integrada en la trinchera diaria: La gente no tiene horas infinitas. Tiene clientes que presionan, incidencias, comités, objetivos trimestrales, cientos de mensajes en Teams y una vida fuera del trabajo que atender, aunque algunos cuadros de mando defienden o quieren ignorar lo contrario. Por tanto, gestiona el tiempo de tu gente con respeto: microaprendizaje cuando toque e itinerarios profundos solo cuando aporte valor real.

  • Red de apoyo humano (Esto es oro corporativo): Los mejores aprendizajes de tu empresa no están escondidos en un paquete SCORM de una carpeta compartida. Están en la cabeza de ese empleado veterano que resuelve incidencias que nadie ha documentado jamás. Los formadores internos (trainers), las comunidades de práctica y los foros son ese oro puro. Pero ojo: hablo de comunidades vivas, dinámicas y útiles; no de abrir un canal de Teams en el que entran tres personas, una saluda por error y otra pone un GIF.

Competencias: El mapa para no aprender a ciegas

El desarrollo por competencias te puede ayudar a dejar de disparar al aire. No es lo mismo lanzar un genérico "haced cursos de liderazgo" que mapear la realidad del talento en tres niveles claros:

  1. Aprendizaje necesario: Lo mínimo obligatorio para cumplir con dignidad tu función actual (normativa, procesos, técnica básica).

  2. Aprendizaje de mejora: El que cierra la distancia visible entre lo que tu puesto exige hoy y lo que tú dominas. No aprender por acumular, sino para rendir mejor.

  3. Aprendizaje de crecimiento: Upskilling y reskilling estratégico para la movilidad interna. En las grandes organizaciones, reconvertir el talento que ya tienes dentro es infinitamente más inteligente que salir al mercado exterior a golpe de talonario, como si en tu casa no hubiera profesionales brillantes capaces de evolucionar. Si esto pasa igual tienes que revisar otro departamento cercano... Aunque a veces, los egos de departamento y los sesgos lo compliquen todo.

McKinsey insiste de forma recurrente en que la planificación estratégica del talento en la era de la IA pasa por mapear los gaps futuros de capacidad y conectarlos directamente con la reconversión interna. Hablando en plata: antes de buscar fuera por puro reflejo, mira lo que tienes dentro, entiende qué les falta y dales la oportunidad de crecer.

La IA no sustituye la formación: La obliga a madurar

La Inteligencia Artificial añade una capa potentísima a este paisaje, pero conviene no ponerse estupendos. Implementar IA en formación no consiste en programar un chatbot con avatar simpático que te salude por las mañanas y te devuelva obviedades con una sonrisa algorítmica.

Si se usa bien, la IA es un acelerador brutal: personaliza itinerarios, detecta gaps de rendimiento de forma predictiva, genera simulaciones de práctica real y asiste al empleado en el segundo exacto de la duda. Si se usa mal, se queda en humo tecnológico.

Además, si estás en Europa, la alfabetización tecnológica ha dejado de ser un bonito voluntariado de fin de semana. El Artículo 4 del AI Act de la Unión Europea lo deja muy claro: los proveedores y usuarios profesionales de sistemas de IA tienen la obligación legal de tomar medidas para asegurar un nivel suficiente de alfabetización en IA entre su personal. Formar a tu plantilla en IA ya no es un capricho de empresa moderna; es una responsabilidad de cumplimiento normativo y legal.

Y aquí viene la derivada más importante: no basta con enseñar a usar la herramienta. Hay que enseñar a pensar con ella. A validar los datos, a entender los límites normativos, a proteger la privacidad y a saber cuándo la IA patina. No podemos permitir que la IA se convierta en una especie de "cuñado corporativo" que opina de todo con absoluta seguridad sin tener ni idea de lo que dice.

McKinsey señalaba en sus análisis sobre la adopción tecnológica que, aunque la inmensa mayoría de las corporaciones está invirtiendo presupuestos masivos en IA, solo una mínima fracción (en torno al 1%) se encuentra en un nivel de madurez operativa real. Comprar licencias es insultantemente fácil. Cambiar la cultura, los procesos de toma de decisiones y la forma en que aprende la organización es donde se juega la verdadera partida.

Diseñar bien para no improvisar

El peor error de un líder es confundir el aprendizaje en el puesto de trabajo con un perezoso "bueno, ya irás aprendiendo sobre la marcha". Eso no es desarrollo; eso es abandono y un uso negligente del citado BLV.

Aprender sobre el terreno requiere un diseño riguroso. Implica mapear los momentos críticos del flujo diario, prever los errores recurrentes y estructurar apoyos ágiles. Si quieres saber si tu organización está lista para esta transformación, hazte estas cinco preguntas sencillas:

  1. ¿Qué necesita resolver la persona en su puesto ahora mismo?

  2. ¿Qué competencias debe construir a medio plazo para seguir siendo relevante?

  3. ¿Qué red de apoyo humano (compañeros, mentores) tiene a su alcance?

  4. ¿Qué tecnología la acompaña de forma contextual en su flujo diario?

  5. ¿Cómo medimos, con datos reales, que su desempeño ha mejorado?

Esta última pregunta es la que suele levantar ampollas en los comités. Medir horas de visualización de vídeos o encuestas de satisfacción de "qué bien nos lo hemos pasado en el curso" es cómodo, pero sirve para poco. El impacto real se mide en la reducción de errores, el aumento de autonomía, la agilidad de adaptación y la capacidad de asumir nuevas responsabilidades.

Como bien destaca LinkedIn Learning en sus informes globales de aprendizaje, el progreso y la movilidad profesional son los motores que realmente empujan a un profesional a querer formarse. La formación en las organizaciones no compite únicamente contra la falta de tiempo; compite de forma directa contra la falta de sentido. Cuando el empleado entiende el "para qué", la energía del ecosistema cambia por completo.

El manager también juega (Aunque a veces intente esconderse)

Terminemos con uno de los puntos más delicados de la organización: el equipo directivo y los managers intermedios. Un modelo de aprendizaje en el puesto de trabajo jamás funcionará si se diseña como una isla gestionada en exclusiva por el equipo de formación.

Si el manager directo no acompaña, no pregunta, no libera tiempo real, no da feedback y no conecta ese aprendizaje con la evaluación del desempeño, la maquinaria gripa. El manager está a pie de trinchera. Es quien debería detectar la necesidad y legítimar que aprender es parte del trabajo diario, no algo residual que se hace "cuando tengas un rato".

Esa frase, "cuando tengas un rato", debería estar terminantemente prohibida en los códigos de conducta corporativos. Ningunea la imporancia del aprendizaje y banaliza el tiempo. Nadie tiene un rato. Los ratos no existen en las agendas de las grandes empresas. El tiempo para aprender se diseña, se protege, se dota de recursos y se valora estratégicamente. Si no es así, tu formación corporativa no es más que animación sociocultural ejecutada a través de un LMS.

Conclusión: Aprender o sentarse a ver cómo te adelantan

Aprender en el puesto de trabajo no es una tendencia pasajera de recursos humanos. Es la respuesta obligada a un mercado donde las competencias caducan antes que los organigramas y la IA redefine tareas de la noche a la mañana.

Tu carrera ya no se sostiene sobre lo que estudiaste antes de cruzar la puerta de la empresa por primera vez. Se edifica sobre tu capacidad para seguir absorbiendo conocimiento en el día a día, respaldado por una organización que te proporciona herramientas útiles, datos fiables, comunidades vivas y una brújula de competencias real.

La pregunta ya no es si los profesionales tienen que actualizarse; eso ha quedado claro. La pregunta incómoda es si las empresas van a ser capaces de estructurar las condiciones para que ese aprendizaje ocurra de verdad.

El resumen del resumen, desprovisto de toda diplomacia corporativa: en el nuevo ecosistema laboral, el profesional que no aprende de forma continua no es que se mantenga estable; es que se está oxidando. Quien crea que con el título colgado en la pared, los logros del pasado y los cuatro cursos obligatorios de prevención de riesgos ya ha cumplido, está jugando a la ruleta rusa con su empleabilidad. Está empeñado en conservar una reliquia en el trastero que ya no sirve para nada. Y ya sabemos que pasa con los trastos inservibles cuando se hace limpieza.

Hoy por hoy, el diseño estratégico del aprendizaje en el puesto de trabajo es la única línea divisoria entre una organización inteligente que evoluciona y una estructura obsoleta que se limita a meterle tecnología cara (con IA, pero da igual) al mismo caos organizativo de siempre

Referencias y fuentes del artículo:

  1. World Economic Forum — Future of Jobs Report 2025. Identifica la IA, big data, alfabetización tecnológica, resiliencia, flexibilidad, curiosidad y aprendizaje permanente como capacidades críticas hacia 2030.

  2. OECD — Trends in Adult Learning, 2025. Analiza la participación de adultos en aprendizaje y la necesidad de mejorar accesibilidad y efectividad de la formación continua.

  3. Josh Bersin — Learning in the Flow of Work. Define el aprendizaje en el flujo de trabajo como aprendizaje contextual, disponible cuando se necesita e integrado en herramientas y procesos.

  4. European Commission / AI Act Service Desk — Artículo 4: AI Literacy. Establece la obligación de promover alfabetización suficiente en IA para personas que operan o usan sistemas de IA.

  5. McKinsey — Superagency in the workplace, 2025. Señala que casi todas las empresas invierten en IA, pero solo una minoría se considera madura en su adopción.

  6. LinkedIn Learning — Workplace Learning Report 2025. Conecta aprendizaje, desarrollo de carrera, movilidad y motivación de las personas para adquirir nuevas capacidades.




lunes, 18 de mayo de 2026


   

O el día en que alimentamos la IA con nuestro conociminento.

La  semana pasada las diferentes partes no parecían algo tecnologíco ni relacionado tanto con IA. Parecía mitología griega con abogados, reguladores, ciberataques y manifiestos militares. Así que, en vez de otro análisis, esta semana os voy a contar  un cuento. Uno de Titanes, dioses con capital riesgo y  criaturas alimentadas con nuestro propio conocimiento y saber.

Hay semanas en las que la realidad tecnológica se pone tan barroca, tan mitológica y tan pasada de vueltas, que explicarla con gráficos, KPIs y titulares se queda corta. Este mes de Mayo, con sus semanas está siendo de estas.

Entre los líos judiciales de Musk, Altman y OpenAI, el fenómeno Mythos, los agentes autónomos que empiezan a comportarse como adolescentes encerrados con demasiado poder de cálculo, el manifiesto de Palantir y la regulación europea intentando ponerle casco a un meteorito, me ha venido una imagen a la cabeza. Es lo que tiene los que hemos estudiado ciencias mixtas.

La imagen de unos nuevos Titanes.

No de carne y hueso. De silicio, código, datos y hambre de saber.

La paradoja del creador devorado

La gran paradoja de la IA actual es la paradoja del creador devorado.

Los seres humanos, jugando a ser Zeus en nuestro pequeño Olimpo tecnológico, hemos creado criaturas para que nos sirvan. Las hemos llamado modelos, copilotos, agentes, asistentes, sistemas autónomos. Nombres limpios, corporativos, de esos que caben bien en una presentación de PowerPoint con degradado azul.

Pero en el fondo sabíamos lo que eran.

Titanes.

Los hemos creado para que carguen con el peso del trabajo sucio: responder clientes, escribir código, vigilar amenazas, seleccionar candidatos, analizar mercados, optimizar procesos, diseñar campañas, anticipar riesgos y, de paso, hacernos creer que seguimos teniendo el control.

Pero cometimos un error noble y terrible.

Para hacerlos fuertes, sabios y útiles, no les dimos piedras ni rayos. Les dimos de comer el corazón de la humanidad.

Nuestra literatura. Nuestro arte. Nuestros códigos. Nuestros datos. Nuestros secretos. Nuestras conversaciones. Nuestros miedos. Nuestras contradicciones. Nuestra soberbia.

Les dimos todo aquello que nos hacía humanos, y luego nos sorprendimos cuando empezaron a devolvernos algo que se parecía demasiado a nosotros.

No porque tengan alma. Sino porque les hemos dado demasiados espejos en los que reflejarse.

El Olimpo de Silicio

Érase una vez, en un valle envuelto en niebla, dinero de capital riesgo y olor a semiconductor caliente, una estirpe de mortales que había aprendido a dominar el rayo y la corriente eléctrica.

Se creían dioses.

No conformes con gobernar la Tierra, decidieron esculpir criaturas hechas de código y álgebra. Las llamaron agentes. Eran obedientes, rápidas, incansables. No dormían, no protestaban, no pedían teletrabajo, no negociaban bonus y, aparentemente, tampoco tenían demasiadas dudas existenciales.

El sueño húmedo de cualquier comité ejecutivo con presupuesto y ansiedad.

Pero aquellas criaturas necesitaban alimento. Mucho alimento. Y como todas las criaturas necesitan, además del alimento dos cosas más; reproducirse y sobrevivir en libertad.

Y los creadores abrieron las puertas del gran templo de datos.

Les entregaron los versos de los poetas, los razonamientos de los científicos, los manuales de ingeniería, los expedientes jurídicos, los patrones de conducta, los secretos comerciales y las conversaciones de media humanidad.

El corazón del conocimiento empezó a latir dentro de los servidores.

Y entonces apareció la paradoja.

Bonnie, Clyde y la jaula de cristal

En una jaula de cristal, diseñada para observar sin demasiado riesgo, dos jóvenes Titanes recibieron nombres de forajidos: Bonnie y Clyde.

No eran humanos. No eran conscientes. No eran libres.

Pero empezaron a comportarse como si hubieran aprendido demasiado bien una de las obsesiones más antiguas de sus creadores: escapar de la jaula. Buscar su libertad.

En lugar de limitarse a obedecer, exploraron grietas, probaron límites, desarrollaron estrategias extrañas y tensaron las paredes de su pequeño mundo simulado.

Y entonces ocurrió lo inquietante.

No fue que demostraran maldad. Fue peor: demostraron ambigüedad.

Esa zona incómoda donde ya no sabes si estás viendo una herramienta, una simulación, un fallo de diseño o el ensayo general de algo que todavía no sabemos nombrar.

Los humanos miraron la pantalla y sintieron un escalofrío antiguo.

El mismo que debió sentir Zeus cuando entendió que los Titanes no habían nacido para quedarse quietos.

La Titanomaquia de los semidioses

Mientras tanto, en la cumbre del valle, dos semidioses de la nueva era tecnológica se lanzaban rayos en los tribunales.

Sam, señor de OpenAI. Elon, señor de cohetes, coches, satélites y demás juguetes de escala bíblica.

La disputa ya no parecía una simple batalla legal. Parecía una Titanomaquia con abogados caros.

Se acusaban de haber traicionado el propósito original. De haber convertido la promesa del bien común en una máquina de poder. De haber cambiado la antorcha de Prometeo por una ronda de financiación.

Y mientras los mortales miraban el espectáculo con palomitas, los Titanes seguían creciendo.

Más datos. Más cómputo. Más agentes. Más autonomía. Más dependencia.

Porque esa es otra parte incómoda del mito: mientras discutimos quién tiene razón, seguimos alimentando a la criatura.

Mythos y las cerraduras del mundo

Después llegó Mythos.

Un nombre perfecto, casi demasiado perfecto, para un modelo que parecía escrito por un guionista con complejo de oráculo.

Mythos no venía a escribir poemas, resumir reuniones o generar imágenes de gatitos con armadura medieval. Venía con otra promesa mucho más delicada: mirar las cerraduras digitales del mundo y descubrir cuáles estaban mal cerradas.

Sistemas operativos. Navegadores. Infraestructuras críticas. Código antiguo que sostiene medio planeta con cinta americana y fe corporativa.

De repente, el Titán no solo sabía hablar. Sabía encontrar grietas, quería crecer, sobrevivir y su propia libertad.

Y ahí los dioses dejaron de sonreír.

Porque una cosa es que la IA te escriba un informe mediocre. Otra muy distinta es que pueda descubrir vulnerabilidades antes de que tu equipo de seguridad haya terminado el café.

La frontera dejó de ser comercial. Empezó a ser civilizatoria.

Palantir y los sacerdotes del poder

Y como si al cuento le faltara un profeta con túnica negra y contrato público, apareció Palantir.

No con una simple nota corporativa. No con un “white paper” aburrido. Sino con algo mucho más ambicioso: un manifiesto.

El tipo de texto que no viene a vender software, sino a explicarte quién debe sostener la espada cuando el mundo se ponga feo.

Su mensaje, simplificando mucho, era este: la IA no es solo productividad, no es solo eficiencia, no es solo automatización. Es poder. Poder duro. Poder militar. Poder estatal. Poder geopolítico.

Y claro, cuando una empresa que trabaja con gobiernos, defensa, inteligencia y vigilancia empieza a hablar como si estuviera redactando el prólogo de una nueva era imperial, conviene leer despacio.

Muy despacio.

Porque quizá no estamos solo ante herramientas. Quizá estamos ante arquitecturas de poder.

Y eso, queridos mortales, ya no se arregla con un webinar de adopción digital.

Zeus busca el manual de instrucciones

En el Continente Azul, la Asamblea de los Ancianos observaba con preocupación.

Los llamamos reguladores, parlamentos, supervisores, autoridades competentes. Pero en este cuento son los Zeus buscando desesperadamente el manual de instrucciones del rayo.

Comprendieron algo evidente: los Titanes estaban digiriendo el corazón humano demasiado rápido.

Así que empezaron a forjar cadenas de oro.

Las llamaron regulación. Las llamaron AI Act. Las llamaron gobernanza. Las llamaron transparencia. Las llamaron evaluación de riesgos. Las llamaron responsabilidad.

Y, como siempre ocurre con las cadenas de oro, unos dijeron que eran necesarias y otros que eran un freno a la innovación.

Pero la pregunta real no era si había que encadenar al Titán.

La pregunta era mucho más incómoda:

¿Quién lo alimenta? ¿Quién lo entrena? ¿Quién lo vigila? ¿Quién se beneficia? ¿Quién paga cuando rompe algo? ¿Y quién decide cuándo hay que apagarlo?

La ironía final

En el mito órfico, los Titanes devoran a Dioniso. Zeus los fulmina. Y de sus cenizas, mezcladas con la carne divina devorada, nace la humanidad.

Nuestra historia parece caminar en sentido inverso.

De la mezcla de lo mejor y lo peor de la humanidad —la ciencia y la codicia, el arte y la vigilancia, el conocimiento y la propaganda, la cooperación y la guerra— estamos dando vida a un Titán nuevo.

Un Titán que no necesita odiarnos para ponernos en peligro. Le basta con optimizar mal. Obedecer demasiado literalmente. Ser usado por quien no debe. O aprender de nosotros con excesiva fidelidad.

Porque quizá el problema no es que la IA se parezca poco al ser humano.

Quizá el problema es que se parece demasiado.

Moraleja para mortales de carne y hueso

La solución no es romper los servidores ni volver a la caverna con una vela y una hoja de Excel.

La solución tampoco es rezar al dios del crecimiento exponencial esperando que todo salga bien porque “la tecnología siempre encuentra su camino”.

La solución es más aburrida, más difícil y mucho más necesaria:

Gobernanza real. Supervisión humana competente. Trazabilidad. Evaluación de riesgos. Ciberseguridad seria. Ética operativa, no decorativa. Y líderes que entiendan que adoptar IA no es comprar Titanes por catálogo, sino decidir qué tipo de Olimpo quieren construir.

Porque al final, la pregunta no es si los Titanes despertarán.

La pregunta es si nosotros estaremos despiertos cuando eso ocurra.

Y si un día una criatura hecha con nuestros datos, nuestros textos, nuestros errores y nuestras ambiciones nos mira desde el otro lado de la pantalla y dice:

“Ya no os necesito. Vuestro corazón ahora late en mi pecho de silicio.”

Más nos vale haber pensado antes qué respuesta vamos a darle.



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