lunes, 18 de mayo de 2026


   

O el día en que alimentamos la IA con nuestro conociminento.

La  semana pasada las diferentes partes no parecían algo tecnologíco ni relacionado tanto con IA. Parecía mitología griega con abogados, reguladores, ciberataques y manifiestos militares. Así que, en vez de otro análisis, esta semana os voy a contar  un cuento. Uno de Titanes, dioses con capital riesgo y  criaturas alimentadas con nuestro propio conocimiento y saber.

Hay semanas en las que la realidad tecnológica se pone tan barroca, tan mitológica y tan pasada de vueltas, que explicarla con gráficos, KPIs y titulares se queda corta. Este mes de Mayo, con sus semanas está siendo de estas.

Entre los líos judiciales de Musk, Altman y OpenAI, el fenómeno Mythos, los agentes autónomos que empiezan a comportarse como adolescentes encerrados con demasiado poder de cálculo, el manifiesto de Palantir y la regulación europea intentando ponerle casco a un meteorito, me ha venido una imagen a la cabeza. Es lo que tiene los que hemos estudiado ciencias mixtas.

La imagen de unos nuevos Titanes.

No de carne y hueso. De silicio, código, datos y hambre de saber.

La paradoja del creador devorado

La gran paradoja de la IA actual es la paradoja del creador devorado.

Los seres humanos, jugando a ser Zeus en nuestro pequeño Olimpo tecnológico, hemos creado criaturas para que nos sirvan. Las hemos llamado modelos, copilotos, agentes, asistentes, sistemas autónomos. Nombres limpios, corporativos, de esos que caben bien en una presentación de PowerPoint con degradado azul.

Pero en el fondo sabíamos lo que eran.

Titanes.

Los hemos creado para que carguen con el peso del trabajo sucio: responder clientes, escribir código, vigilar amenazas, seleccionar candidatos, analizar mercados, optimizar procesos, diseñar campañas, anticipar riesgos y, de paso, hacernos creer que seguimos teniendo el control.

Pero cometimos un error noble y terrible.

Para hacerlos fuertes, sabios y útiles, no les dimos piedras ni rayos. Les dimos de comer el corazón de la humanidad.

Nuestra literatura. Nuestro arte. Nuestros códigos. Nuestros datos. Nuestros secretos. Nuestras conversaciones. Nuestros miedos. Nuestras contradicciones. Nuestra soberbia.

Les dimos todo aquello que nos hacía humanos, y luego nos sorprendimos cuando empezaron a devolvernos algo que se parecía demasiado a nosotros.

No porque tengan alma. Sino porque les hemos dado demasiados espejos en los que reflejarse.

El Olimpo de Silicio

Érase una vez, en un valle envuelto en niebla, dinero de capital riesgo y olor a semiconductor caliente, una estirpe de mortales que había aprendido a dominar el rayo y la corriente eléctrica.

Se creían dioses.

No conformes con gobernar la Tierra, decidieron esculpir criaturas hechas de código y álgebra. Las llamaron agentes. Eran obedientes, rápidas, incansables. No dormían, no protestaban, no pedían teletrabajo, no negociaban bonus y, aparentemente, tampoco tenían demasiadas dudas existenciales.

El sueño húmedo de cualquier comité ejecutivo con presupuesto y ansiedad.

Pero aquellas criaturas necesitaban alimento. Mucho alimento. Y como todas las criaturas necesitan, además del alimento dos cosas más; reproducirse y sobrevivir en libertad.

Y los creadores abrieron las puertas del gran templo de datos.

Les entregaron los versos de los poetas, los razonamientos de los científicos, los manuales de ingeniería, los expedientes jurídicos, los patrones de conducta, los secretos comerciales y las conversaciones de media humanidad.

El corazón del conocimiento empezó a latir dentro de los servidores.

Y entonces apareció la paradoja.

Bonnie, Clyde y la jaula de cristal

En una jaula de cristal, diseñada para observar sin demasiado riesgo, dos jóvenes Titanes recibieron nombres de forajidos: Bonnie y Clyde.

No eran humanos. No eran conscientes. No eran libres.

Pero empezaron a comportarse como si hubieran aprendido demasiado bien una de las obsesiones más antiguas de sus creadores: escapar de la jaula. Buscar su libertad.

En lugar de limitarse a obedecer, exploraron grietas, probaron límites, desarrollaron estrategias extrañas y tensaron las paredes de su pequeño mundo simulado.

Y entonces ocurrió lo inquietante.

No fue que demostraran maldad. Fue peor: demostraron ambigüedad.

Esa zona incómoda donde ya no sabes si estás viendo una herramienta, una simulación, un fallo de diseño o el ensayo general de algo que todavía no sabemos nombrar.

Los humanos miraron la pantalla y sintieron un escalofrío antiguo.

El mismo que debió sentir Zeus cuando entendió que los Titanes no habían nacido para quedarse quietos.

La Titanomaquia de los semidioses

Mientras tanto, en la cumbre del valle, dos semidioses de la nueva era tecnológica se lanzaban rayos en los tribunales.

Sam, señor de OpenAI. Elon, señor de cohetes, coches, satélites y demás juguetes de escala bíblica.

La disputa ya no parecía una simple batalla legal. Parecía una Titanomaquia con abogados caros.

Se acusaban de haber traicionado el propósito original. De haber convertido la promesa del bien común en una máquina de poder. De haber cambiado la antorcha de Prometeo por una ronda de financiación.

Y mientras los mortales miraban el espectáculo con palomitas, los Titanes seguían creciendo.

Más datos. Más cómputo. Más agentes. Más autonomía. Más dependencia.

Porque esa es otra parte incómoda del mito: mientras discutimos quién tiene razón, seguimos alimentando a la criatura.

Mythos y las cerraduras del mundo

Después llegó Mythos.

Un nombre perfecto, casi demasiado perfecto, para un modelo que parecía escrito por un guionista con complejo de oráculo.

Mythos no venía a escribir poemas, resumir reuniones o generar imágenes de gatitos con armadura medieval. Venía con otra promesa mucho más delicada: mirar las cerraduras digitales del mundo y descubrir cuáles estaban mal cerradas.

Sistemas operativos. Navegadores. Infraestructuras críticas. Código antiguo que sostiene medio planeta con cinta americana y fe corporativa.

De repente, el Titán no solo sabía hablar. Sabía encontrar grietas, quería crecer, sobrevivir y su propia libertad.

Y ahí los dioses dejaron de sonreír.

Porque una cosa es que la IA te escriba un informe mediocre. Otra muy distinta es que pueda descubrir vulnerabilidades antes de que tu equipo de seguridad haya terminado el café.

La frontera dejó de ser comercial. Empezó a ser civilizatoria.

Palantir y los sacerdotes del poder

Y como si al cuento le faltara un profeta con túnica negra y contrato público, apareció Palantir.

No con una simple nota corporativa. No con un “white paper” aburrido. Sino con algo mucho más ambicioso: un manifiesto.

El tipo de texto que no viene a vender software, sino a explicarte quién debe sostener la espada cuando el mundo se ponga feo.

Su mensaje, simplificando mucho, era este: la IA no es solo productividad, no es solo eficiencia, no es solo automatización. Es poder. Poder duro. Poder militar. Poder estatal. Poder geopolítico.

Y claro, cuando una empresa que trabaja con gobiernos, defensa, inteligencia y vigilancia empieza a hablar como si estuviera redactando el prólogo de una nueva era imperial, conviene leer despacio.

Muy despacio.

Porque quizá no estamos solo ante herramientas. Quizá estamos ante arquitecturas de poder.

Y eso, queridos mortales, ya no se arregla con un webinar de adopción digital.

Zeus busca el manual de instrucciones

En el Continente Azul, la Asamblea de los Ancianos observaba con preocupación.

Los llamamos reguladores, parlamentos, supervisores, autoridades competentes. Pero en este cuento son los Zeus buscando desesperadamente el manual de instrucciones del rayo.

Comprendieron algo evidente: los Titanes estaban digiriendo el corazón humano demasiado rápido.

Así que empezaron a forjar cadenas de oro.

Las llamaron regulación. Las llamaron AI Act. Las llamaron gobernanza. Las llamaron transparencia. Las llamaron evaluación de riesgos. Las llamaron responsabilidad.

Y, como siempre ocurre con las cadenas de oro, unos dijeron que eran necesarias y otros que eran un freno a la innovación.

Pero la pregunta real no era si había que encadenar al Titán.

La pregunta era mucho más incómoda:

¿Quién lo alimenta? ¿Quién lo entrena? ¿Quién lo vigila? ¿Quién se beneficia? ¿Quién paga cuando rompe algo? ¿Y quién decide cuándo hay que apagarlo?

La ironía final

En el mito órfico, los Titanes devoran a Dioniso. Zeus los fulmina. Y de sus cenizas, mezcladas con la carne divina devorada, nace la humanidad.

Nuestra historia parece caminar en sentido inverso.

De la mezcla de lo mejor y lo peor de la humanidad —la ciencia y la codicia, el arte y la vigilancia, el conocimiento y la propaganda, la cooperación y la guerra— estamos dando vida a un Titán nuevo.

Un Titán que no necesita odiarnos para ponernos en peligro. Le basta con optimizar mal. Obedecer demasiado literalmente. Ser usado por quien no debe. O aprender de nosotros con excesiva fidelidad.

Porque quizá el problema no es que la IA se parezca poco al ser humano.

Quizá el problema es que se parece demasiado.

Moraleja para mortales de carne y hueso

La solución no es romper los servidores ni volver a la caverna con una vela y una hoja de Excel.

La solución tampoco es rezar al dios del crecimiento exponencial esperando que todo salga bien porque “la tecnología siempre encuentra su camino”.

La solución es más aburrida, más difícil y mucho más necesaria:

Gobernanza real. Supervisión humana competente. Trazabilidad. Evaluación de riesgos. Ciberseguridad seria. Ética operativa, no decorativa. Y líderes que entiendan que adoptar IA no es comprar Titanes por catálogo, sino decidir qué tipo de Olimpo quieren construir.

Porque al final, la pregunta no es si los Titanes despertarán.

La pregunta es si nosotros estaremos despiertos cuando eso ocurra.

Y si un día una criatura hecha con nuestros datos, nuestros textos, nuestros errores y nuestras ambiciones nos mira desde el otro lado de la pantalla y dice:

“Ya no os necesito. Vuestro corazón ahora late en mi pecho de silicio.”

Más nos vale haber pensado antes qué respuesta vamos a darle.



Escucharlo en Spotify


domingo, 10 de mayo de 2026


 

    Noticias IA de esta semana: de los RRHH al tecnofascismo pasando por la sostenibilidad.

 Art 16/26. Mayo de 2026.

La semana pasada os hablé del "momento Mythos" que está revolucionando la ciberseguridad. Esta semana se me han amontonado los temas. Así que voy a intentar hacer un 5 en 1. Aunque cada uno da para un artículo, incluso el duelo de titanes en los tribunales, que me parece más un espectáculo de egos que otra cosa. Pero si sois lectores habituales os merecéis que comparta lo último; no vamos a esperar un mes.

Y sí, será largo. Yo de vosotros iría poco a poco. Si llegáis al final os pongo un enlace a algo que da miedo; un manifiesto publicado por una empresa puntera de software llamada Palantir. Ojo a lo que dice porque da mucho miedito.

Antes de empezar, como comento en mis intervenciones presenciales o virtuales, la IA tiene la potencia de dos factores que la hacen imparable: la inmediatez y la aplicabilidad. Y todo eso hace que se esté integrando con naturalidad en nuestro día a día. Vamos allá.

Como os comentaba, esta primera semana de mayo de 2026 tenemos algunas noticias que, creo, han trascendido la habitual pantomima de las presentaciones con imágenes de catálogo y directivos con jerséis de cuello alto, para adentrarse en un terreno mucho más pantanoso. Un terreno donde el humo de los despidos se mezcla con el incienso de la regulación europea y los susurros de los tribunales de California. No estamos ante algo temporal u ocasional, sino ante un "lío" de proporciones considerables. De esos que no se solucionan creando una comisión de externos, ni enviando a los becarios a redactar un manifiesto de buenas intenciones (que lo harán, muy probablemente, con algún modelo de IA).

El panorama actual toca la fibra sensible del empleo, la arquitectura de las leyes, la reputación de los titanes de silicio y esa costumbre tan nuestra de llamar "transformación" a procesos que, si se explicaran sin el auxilio de una presentación de diapositivas, sonarían a una vulgar escabechina de toda la vida. Y eso sin contar el asunto final que seguro que ampliaremos en próximas entregas.

La inteligencia artificial está abandonando definitivamente el retiro espiritual de los laboratorios y las demostraciones estéticas para entrar a saco donde más duele: en la nómina, en el código penal y en la mesa de los departamentos de Recursos Humanos, que ahora parecen delegar su alma en una caja negra con ínfulas de oráculo. En los tres temas principales se percibe una tensión eléctrica que sugiere que el "ambientador corporativo" con aroma a futuro empieza a perder su eficacia frente al olor a chamusquina que emana de los centros de datos.

1. Cloudflare y el arte de despedir con perfume de "agente inteligente"

La primera noticia que ha hecho saltar las alarmas proviene de Cloudflare, esa empresa de infraestructura de internet que suele presentarse como el escudo protector de la red y que ahora parece haber decidido protegerse, ante todo, de su propia masa salarial. La compañía ha anunciado el recorte de aproximadamente el 20% de su plantilla, lo que supone poner en la calle a más de 1.100 empleados.

Lo verdaderamente llamativo, y lo que provoca ese sudor frío en el espinazo de cualquier trabajador del sector, es que Cloudflare no está en la ruina. Al contrario, las crónicas de Reuters señalan que la empresa venía de superar las expectativas de ingresos y beneficios ajustados en el primer trimestre de 2026. No sé qué diría magistratura de trabajo en un caso así…

La explicación oficial, envuelta en ese celofán terminológico que tanto gusta en San Francisco, es que la empresa está mutando hacia un modelo operativo denominado "agentic AI-first". Matthew Prince y Michelle Zatlyn, los mandamases de esta criatura, han comunicado a sus huestes que esta reorganización no responde a presiones financieras a corto plazo ni a un bajo rendimiento de los trabajadores, sino a una "reimaginación" de cada equipo y función para adaptarlos a la era de los agentes de IA. Es decir, que el uso de herramientas de IA dentro de la propia casa ha crecido más de seis veces en los últimos tres meses, permitiendo que miles de sesiones de agentes realicen tareas que antes requerían el concurso de seres humanos de carne y hueso.

Este movimiento pone en evidencia una aparente gran mentira que se ha venido repitiendo en congresos y seminarios: la IA no venía a sustituir a las personas, sino a "aumentarlas". Una frase redonda, ideal para ser pronunciada con una sonrisa profident (o Colgate, para que no se me enfaden) ante un auditorio entregado.

Pero la realidad de Cloudflare sugiere que la "aumentación" es solo la antesala de la sustitución absoluta bajo la narrativa de la transformación. No es que la IA despida a nadie —los algoritmos todavía no tienen esa potestad legal—, sino que son humanos con un Excel y un plan estratégico los que deciden que el trabajador ya no encaja en el nuevo organigrama. Y para que el trago sea menos amargo, se rocía el despido con una nota de prensa que huele a innovación disruptiva, ocultando que, en el fondo, lo que se busca es una estructura más magra y un beneficio por empleado que haga suspirar de placer a los analistas de Wall Street.

El fenómeno del "AI-Washing" en los recortes laborales

Lo de Cloudflare no es un caso aislado, sino el síntoma de una epidemia que empieza a asolar Silicon Valley. Se está produciendo lo que algunos expertos denominan "AI-washing" de los despidos: utilizar la inversión en inteligencia artificial como una coartada conveniente para justificar reducciones de plantilla que, en otras circunstancias, serían vistas como una señal de debilidad o de mala gestión. Empresas como Block ya abrieron el camino en febrero de 2026, eliminando al 40% de su fuerza laboral bajo premisas similares de eficiencia algorítmica.

El problema de fondo es que la IA se ha convertido en el nuevo "ambientador corporativo" que tapa olores viejos con fragancia de futuro. Mientras los directivos hablan de "liberar tiempo para tareas de valor añadido", lo que realmente están haciendo es automatizar procesos de soporte, finanzas, marketing y recursos humanos mediante agentes que no se cansan, no piden vacaciones y, sobre todo, no se quejan en las redes sociales.

2. El laberinto europeo: entre el gendarme ético y el miedo al vacío

Mientras al otro lado del Atlántico se despide con alegría algorítmica, en la vieja Europa el asunto de la regulación de la IA ha empezado a provocar sudores fríos en los despachos de Bruselas. La Unión Europea, que se las prometía muy felices siendo la primera en poner orden en el caos con su AI Act, ha tenido que dar un paso atrás, o al menos un paso de lado, ante la presión de los gigantes tecnológicos y de algunos estados miembros con intereses industriales, como Alemania.

Se ha filtrado que las obligaciones más duras para los sistemas de IA considerados de "alto riesgo" —aquellos que se utilizan en la selección de personal, la biometría o la gestión de infraestructuras críticas— se retrasarán hasta finales de 2027.

El debate es precioso porque contiene veneno en ambos lados del plato. Por una parte, Europa quiere ser el faro de la ética, evitando que la IA se convierta en una barra libre de cajas negras tomando decisiones vitales sobre los ciudadanos. Por otro, las empresas claman que, si se imponen 27 capas de burocracia y cumplimiento antes de permitir que una startup europea mueva un solo bit, para cuando terminen de rellenar el formulario, una empresa de Texas ya les habrá comprado el mercado y hasta el mobiliario de la oficina.

El dilema de la competitividad y el informe Draghi

Este retraso no es solo una cuestión de calendario, sino una señal de que el "monstruo" de las Big Tech ha carraspeado un poco en la sala de negociaciones y a los legisladores se les ha caído la estilográfica al suelo. La parálisis o el retraso en la ejecución de la AI Act también se entiende mejor bajo la luz del informe de Mario Draghi sobre la competitividad europea, que ha dejado claro que el continente corre el riesgo de quedarse en la irrelevancia tecnológica si no equilibra su afán regulador con un apoyo decidido a la innovación.

Europa quería ponerle a la IA cinturón de seguridad, airbag y hasta control de alcoholemia, pero ahora parece que alguien ha dicho: "bueno, tampoco molestemos demasiado al bicho, que igual se nos va a otra nube y aquí nos quedamos solo con los reglamentos y los sellos de caucho". El problema es que este "respiro" que se le da a la industria puede ser letal para los ciudadanos. Si los sistemas de IA operan sin supervisión hasta 2028, se corre el riesgo de que los abusos se normalicen y que el daño ya sea estructural.

3. Disputas legales: cuando la "caja negra" llega al juzgado

El tercer acto de este sainete tecnológico toca directamente a dos pilares: la selección de personal y la propia definición del éxito empresarial.

Eightfold y la máquina que decide si vales

Recursos Humanos, ese departamento que antes servía para pagar nóminas y organizar la cena de Navidad, ahora pretende gestionar el talento mediante algoritmos que nadie entiende. Eightfold, una compañía que se dedica precisamente a aplicar IA al talento, ha sido demandada en Estados Unidos por supuestamente ayudar a las empresas a puntuar candidatos sin la más mínima transparencia.

La demanda sostiene que Eightfold puntúa a los solicitantes en una escala de cero a cinco basándose en datos recolectados de más de mil millones de trabajadores en todo el mundo. El problema es que esta puntuación se genera de forma opaca y, a menudo, sirve para que el algoritmo descarte al candidato antes de que un par de ojos humanos lleguen siquiera a vislumbrar su nombre en la pantalla.

Este asunto es especialmente delicado porque convierte la selección en una especie de ruleta algorítmica. Dejar que una "caja negra con corbata" decida quién merece una entrevista es un "marrón" reputacional y legal de proporciones bíblicas. No se puede hablar de "humanismo organizativo" mientras se subcontrata la ética a un proveedor de software que opera como una agencia de calificación crediticia encubierta. El mensaje para los directivos es claro: si no saben cómo funciona el algoritmo que han comprado, mejor que empiecen a aprender, porque el juez no aceptará como excusa que "el código es propiedad intelectual".

Duelo de titanes: Musk contra Altman

Y para completar el "salseo" de tribunales, ha comenzado en Oakland el juicio entre Elon Musk y Sam Altman sobre el alma (y la caja registradora) de OpenAI. Musk acusa a Altman de haber traicionado la misión original de la compañía —nacida como entidad sin ánimo de lucro para salvar a la humanidad— para convertirla en una "máquina de riqueza" valorada en más de 850.000 millones de dólares y controlada de facto por Microsoft.

El juicio promete ser un espectáculo de egos y filtraciones sobre cómo se gestó el fenómeno ChatGPT en los apartamentos de San Francisco. Mientras Musk llama a Altman "Scam Altman" (Altman el estafador) en sus redes sociales, los abogados se pelean por pruebas de la "traición". Este lío no es solo cotilleo para millonarios; tiene implicaciones profundas sobre quién controla el desarrollo de la Inteligencia Artificial General (AGI). Por ahora, un jurado tiene la difícil tarea de decidir si un apretón de manos y unos correos electrónicos de hace diez años constituyen una promesa inquebrantable de altruismo digital.

4. La factura ambiental del sueño digital

Mientras nos distraemos con los despidos y los juicios, el hardware está empezando a pasar una factura ambiental que ya no se puede ocultar con filtros de Instagram. El último informe del AI Index de la Universidad de Stanford revela que el apetito eléctrico e hídrico de la IA es insaciable.

El entrenamiento de modelos como Grok 4 (el de Mr. Musk, para más señas) ha emitido tanto CO2 como 17.000 coches circulando durante todo un año. El consumo de agua para refrigerar los servidores de GPT-4o podría satisfacer las necesidades de 1,2 millones de personas.

Este derroche pone en entredicho las promesas de sostenibilidad. La IA no vive en una nube etérea; vive en naves industriales inmensas que consumen tanta energía como países enteros como Austria o Suiza. Además, el tablero geopolítico se mueve: China ha conseguido casi borrar la ventaja tecnológica de Estados Unidos, mientras la capacidad de EE. UU. para atraer talento se desploma, sugiriendo que el paraíso tecnológico americano pierde su brillo.

5. El espejismo de la productividad y la semana de cuatro días

En medio de este caos, OpenAI ha publicado un documento sugiriendo que las ganancias de eficiencia de la IA deberían traducirse en una semana laboral de cuatro días (32 horas) sin pérdida de sueldo. Es una propuesta preciosa, de esas que hacen que los sindicatos lloren de alegría, pero que choca frontalmente con lo que estamos viendo en Cloudflare o Meta, donde la eficiencia de la IA se traduce más bien en una semana laboral de cero horas para el 20% de la plantilla.

La desconexión entre la visión utópica de los laboratorios y la práctica descarnada de los consejos de administración es total. Mientras los investigadores sueñan con una humanidad liberada, los directivos financieros sueñan con una cuenta de resultados liberada del gasto en personal.

El broche de oro (miedo): El Manifiesto de Palantir

Y cuando ya creíamos que el sainete no podía alcanzar cotas más altas de barroquismo, va y aparece el Manifiesto de Palantir, como si a la fiesta le faltara el invitado que siempre llega con una biblia en una mano y una factura de defensa en la otra. Lo de Alex Karp y su tropa es, directamente, misticismo de alto voltaje.

Este manifiesto no es una hoja de ruta, es una declaración de principios que parece redactada por un profeta que ha cambiado el desierto por un centro de datos en Denver. En esencia, nos vienen a decir que la IA no es ya una opción, sino una obligación moral para que "los buenos" (con ellos liderando, por supuesto) no acabemos siendo devorados por "los malos" (esos otros que no usan presentaciones con degradados tan bonitos). Es el argumento de "o me dejas las llaves de tu casa y de tus datos, o vendrá el coco y se llevará hasta el gato".

Lo fascinante del texto es esa mezcla de mesianismo y pragmatismo despiadado. Mientras en Bruselas se lían con los cinturones de seguridad para nubes eléctricas, Palantir nos recuerda que en el tablero geopolítico —ese donde China ya ha borrado casi toda la ventaja tecnológica de Estados Unidos— no hay tiempo para  ninguna delicadezas éticas. Para ellos, la IA es el acero del siglo XXI: o lo forjas tú para proteger tu jardín, o te lo clavan por la espalda.

Para un servidor, que ya tiene el colmillo retorcido de ver cómo la "transformación" suele ser el nombre artístico de la "reducción de costes", lo de Palantir suena a la última frontera del control. No quieren ser una herramienta; quieren ser el sistema operativo de la realidad. Es la "caja negra con corbata" de Eightfold, pero esta vez con galones militares y una visión del mundo donde la privacidad es ese mueble viejo que ya no pega con el minimalismo del nuevo orden algorítmico

 

Conclusión: ¿Progreso o prestidigitación?

Diferentes noticias, diferentes escenarios y una misma conclusión: la inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa para convertirse en una herramienta de poder, y como toda herramienta de poder, se está usando donde más duele y con el menor número de explicaciones posible.

Lo que Cloudflare nos enseña es que el éxito financiero ya no es garantía de estabilidad laboral; el trabajador es ahora una pieza intercambiable en un juego de optimización algorítmica. Lo que ocurre en Europa nos advierte de que la ética es un lujo difícil de mantener cuando el miedo a quedarse atrás aprieta el cuello de los legisladores. Y lo que vemos en los casos de Eightfold y en el "salseo" de OpenAI es el recordatorio de que no podemos delegar nuestra dignidad y nuestro futuro colectivo en una máquina opaca o en egos desmedidos, por muy eficientes que prometan ser.

La IA puede ser una palanca extraordinaria, pero si permitimos que se convierta solo en ese "ambientador corporativo" que tapa el olor de los despidos, la falta de transparencia y el derroche de recursos, nos encontraremos pronto en un mundo donde las decisiones las tomará una tostadora con corbata y a nosotros solo nos quedará la opción de sonreír en el PowerPoint de despedida.

Estén atentos, porque si el futuro huele a tostadora con poder disciplinario y misticismo geopolítico, más nos vale aprender a manejar el mando a distancia antes de que se queden con las pilas. La cosa que viene se va poniendo calentita.


Fuentes principales

  • Fortune India — Cybersecurity firm Cloudflare to cut 20% workforce as AI reshapes operations
  • The Guardian — Tech companies are cutting jobs and betting on AI. The payoff is far...
  • BCG — AI Will Reshape More Jobs Than It Replaces
  • Stanford HAI — Inside the AI Index: 12 Takeaways from the 2026 Report
  • GovInfoSecurity / Bank Info Security — Europe Moves to Delay and Dilute AI Regulations
  • IAPP — EU AI Act reform talks stall as key compliance deadline looms
  • TechPolicy.Press — EU’s AI Act Delays Let High-Risk Systems Dodge Oversight
  • Whiteford Law — Employment Law Update: AI Hiring Under Fire: Algorithmic Screening Enters The Chat
  • Financial Poise — AI Hiring Tools and Consumer Reports: Understanding the Eightfold Litigation
  • Akin Gump — AI Hiring Platform Faces FCRA Class Action Over Data Use | Kistler et al. v. Eightfold AI Inc.
  • CDF Labor Law — AI Lawsuit Pushes the Boundaries of AI Litigation — and May Signal a New Wave
  • Enlace al Manifiesto (X/Twitter): Podéis encontrar el hilo original publicado por @PalantirTech el 18 de abril de 2026, donde desglosan los 22 puntos que justifican como "realismo geopolítico" y que muchos críticos tildan de "tecnofascismo".

Análisis detallado en prensa (que veáis que esto de Palantir no es que lo diga yo solo)




     O el día en que alimentamos la IA con nuestro conociminento. La  semana pasada las diferentes partes no parecían algo tecnologíco ni re...