Art .10/26. El odio y la ira en la era de la inteligencia artificial
Hola a todas/os, hoy os escribo sobre algo que me parece fascinante y preocupante. Trataremos de algo muy antiguo; tanto como el ser humano. Las emociones. Y dentro de estas emociones hablaremos del odio y de la ira. Algo que me da la sensación de que se está instalando de manera bastante inconsciente entre nosotros. Inconsciente e inquietante.
¿Qué ocurre cuando un sentimiento humano tan potente entra en contacto con
máquinas que amplifican información, emociones y conflictos a escala
planetaria?
Vamos a pensarlo con calma, porque aquí hay
materia de un tema escasamente tratado. Quizá porque no interesa a alguna parte interesada.
Una emoción
antigua en un mundo tecnológicamente amplificado
Como os decía,
el odio ha acompañado a la humanidad desde siempre. Civilizaciones enteras
se han organizado alrededor de rivalidades, enemistades o identidades
construidas contra “otros”. Lo diferente siempre ha costado integrarlo. Sin
embargo, en el mundo contemporáneo ha aparecido un elemento nuevo: la
tecnología digital y, como ya suponéis, la inteligencia artificial.
Lo interesante es que el odio no es una emoción simple. La Real Academia Española lo define como «antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea». No se trata de una emoción primaria como el miedo o la sorpresa, sino de una combinación compleja de experiencias, frustraciones, historia personal y construcción social.
En la tradición filosófica y psicológica se ha diferenciado el odio de la ira. La ira surge de una injusticia concreta y busca reparación. El odio, en cambio, es más abstracto y generalizado: no se dirige solo contra una persona, sino contra grupos enteros. Por eso es mucho más peligroso. Estas reflexiones se citan en los análisis clásicos sobre las pasiones humanas de San Agustín y Brunetto Latini.
Durante siglos, el alcance de estas emociones
estaba limitado por la escala humana: familias, ciudades, pueblos o naciones.
Hoy el escenario es radicalmente distinto porque la tecnología ha amplificado
los límites y ahora todos y todas vivimos en eso que se ha dado en llamar;
aldea global.
El algoritmo
como amplificador emocional
Las redes sociales han introducido un fenómeno
que los investigadores llaman economía de la atención. En términos
simples: los contenidos que generan más reacción emocional reciben más
visibilidad.
Y aquí aparece un problema totalmente humano. Y
que está siendo aprovechado de manera oscura por algunas organizaciones y
personas.
Las emociones negativas —indignación, miedo, odio— generan más interacción que las neutrales o positivas. Un estudio del MIT publicado en Science mostró que los contenidos emocionales se propagan significativamente más rápido que los neutrales en redes sociales. Al final podéis comprobar estos datos en la bibliografía que os adjunto.
Los algoritmos no “odian”, claro. Esto es evidente. No tienen emociones. Pero sí optimizan variables matemáticas como clics, tiempo de visualización o interacción.
Y eso puede producir un efecto curioso: las
máquinas terminan amplificando lo que más activa emocionalmente a los humanos.
En otras palabras: si el odio genera más
engagement, el sistema lo expande. Así de simple.
Y no lo hace por maldad. Las máquinas no tienen
sentimientos. Lo hacen por estadística.
La
inteligencia artificial y la nueva escala del conflicto
La inteligencia artificial añade una capa
adicional a este fenómeno. Y es conveniente explicarlo.
Hoy ya existen sistemas capaces de:
· Generar texto,
imágenes o vídeos automáticamente
· Segmentar
audiencias con enorme precisión
· Amplificar
mensajes en redes mediante bots o automatización
Esto significa que las emociones colectivas
pueden ser diseñadas, manipuladas o amplificadas a escala industrial.
Un informe del Oxford Internet Institute ha
documentado campañas de manipulación política en redes sociales en más de 80
países, muchas de ellas usando automatización o inteligencia artificial. No
entraré al detalle, pero muchos y muchas tenéis ejemplos en mente.
El resultado es un ecosistema donde el odio puede
convertirse en un recurso político, económico y las dos cosas a la vez. Y siempre relacionado con el poder.
En cierto modo, la tecnología ha transformado una
emoción antigua en una infraestructura moderna. Y manipulado a alto nivel para
conseguir oscuros intereses.
El riesgo de
la deshumanización digital
Hay un fenómeno psicológico que se intensifica en
entornos digitales: la despersonalización del adversario.
Cuando una persona se convierte en un avatar, un
perfil o una etiqueta ideológica, resulta más fácil odiarla. La distancia
psicológica elimina frenos naturales como la empatía.
Este efecto fue descrito por el psicólogo John
Suler como “online disinhibition effect”, es decir, la tendencia de las
personas a comportarse de manera más agresiva o extrema en internet.
La inteligencia artificial puede potenciar este
fenómeno si se utiliza para:
· Crear
ejércitos de perfiles falsos
· Generar
mensajes polarizadores
· Manipular
narrativas informativas
En ese escenario, el odio deja de ser solo una
emoción humana y se convierte en una dinámica sistémica.
Pero la
tecnología también puede ser parte de la solución
No nos quedemos solo en lo negativo. Aquí aparece
una parte interesante y que también tenemos que abordar.
La misma inteligencia artificial que puede
amplificar conflictos también puede ayudar a reducirlos.
Actualmente ya se utilizan sistemas de IA para:
· Detectar
discurso de odio en plataformas digitales
· Identificar
campañas coordinadas de desinformación
· Moderar
contenidos violentos o radicalizadores
Por ejemplo, Meta y Google utilizan modelos de
aprendizaje automático para detectar automáticamente discurso de odio o
incitación a la violencia en millones de publicaciones cada día. Otra cosa son
las indicaciones que reciban para “suavizar” ese control.
Y ese es el problema; que la tecnología nunca
actúa sola.
Siempre depende de las decisiones humanas que la gobiernan.
El verdadero
desafío: gobernar nuestras propias emociones
Al final, el problema no es la inteligencia
artificial. El problema somos nosotros.
La tecnología amplifica lo que somos como
especie: cooperación, creatividad, conocimiento… pero también miedo, tribalismo
y odio.
Recordando de nuevo a San Agustín, este advertía
hace siglos que la ira puede transformarse en odio si no se controla. En el
siglo XXI podríamos reformular esa idea de forma casi tecnológica:
la emoción no gestionada correctamente se
convierte en un sistema manipulado.
Y cuando una emoción humana se convierte en
sistema tecnológico, su escala cambia radicalmente.
Una paradoja
muy del siglo XXI
Nunca habíamos tenido herramientas tan poderosas
para conectarnos. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información.
Y, sin embargo, muchas sociedades experimentan
niveles crecientes de polarización. Seguramente porque la lección es más
filosófica que tecnológica.
La inteligencia artificial puede procesar datos,
identificar patrones y generar conocimiento. Pero hay algo que sigue siendo
profundamente humano: la capacidad de decidir qué emociones queremos cultivar
como sociedad.
Porque una civilización no se define por las
máquinas que construye, sino por las emociones que decide amplificar.
Y esto es algo que la masa suele olvidar, pero no
los que controlan los algoritmos. A ellos les interesa conocer estos mecanismos.
· Real Academia
Española – Diccionario de la lengua española
· Vosoughi, S.,
Roy, D., Aral, S. (2018). The spread of true and false news online.
Science
· Oxford
Internet Institute (2023). Global Disinformation Order
· Suler, J.
(2004). The Online Disinhibition Effect. CyberPsychology &
Behavior
· La Civiltà
Cattolica – análisis filosófico sobre el odio y la ira
Y si quieres escuchar un resumen en spotify, clica encima

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