Noticias IA de esta semana: de los RRHH al tecnofascismo pasando por la sostenibilidad.
Art 16/26. Mayo de 2026.
La semana pasada os hablé
del "momento Mythos" que está revolucionando la ciberseguridad. Esta
semana se me han amontonado los temas. Así que voy a intentar hacer un 5 en 1.
Aunque cada uno da para un artículo, incluso el duelo de titanes en los
tribunales, que me parece más un espectáculo de egos que otra cosa. Pero si
sois lectores habituales os merecéis que comparta lo último; no vamos a esperar
un mes.
Y sí, será largo. Yo de vosotros iría poco a poco. Si
llegáis al final os pongo un enlace a algo que da miedo; un manifiesto
publicado por una empresa puntera de software llamada Palantir. Ojo a lo que
dice porque da mucho miedito.
Antes de empezar, como comento en mis intervenciones
presenciales o virtuales, la IA tiene la potencia de dos factores que la hacen
imparable: la inmediatez y la aplicabilidad. Y todo eso hace que
se esté integrando con naturalidad en nuestro día a día. Vamos allá.
Como os comentaba, esta primera semana de mayo de 2026
tenemos algunas noticias que, creo, han trascendido la habitual pantomima de
las presentaciones con imágenes de catálogo y directivos con jerséis de cuello
alto, para adentrarse en un terreno mucho más pantanoso. Un terreno donde el
humo de los despidos se mezcla con el incienso de la regulación europea y los
susurros de los tribunales de California. No estamos ante algo temporal u
ocasional, sino ante un "lío" de proporciones considerables. De esos
que no se solucionan creando una comisión de externos, ni enviando a los
becarios a redactar un manifiesto de buenas intenciones (que lo harán, muy
probablemente, con algún modelo de IA).
El panorama actual toca la fibra sensible del empleo,
la arquitectura de las leyes, la reputación de los titanes de silicio y
esa costumbre tan nuestra de llamar "transformación" a procesos que,
si se explicaran sin el auxilio de una presentación de diapositivas, sonarían a
una vulgar escabechina de toda la vida. Y eso sin contar el asunto final
que seguro que ampliaremos en próximas entregas.
La inteligencia artificial está abandonando definitivamente
el retiro espiritual de los laboratorios y las demostraciones estéticas para
entrar a saco donde más duele: en la nómina, en el código penal y en la mesa de
los departamentos de Recursos Humanos, que ahora parecen delegar su alma en una
caja negra con ínfulas de oráculo. En los tres temas principales se percibe una
tensión eléctrica que sugiere que el "ambientador corporativo" con
aroma a futuro empieza a perder su eficacia frente al olor a chamusquina que
emana de los centros de datos.
1. Cloudflare y el arte de despedir con perfume de
"agente inteligente"
La primera noticia que ha hecho saltar las alarmas proviene
de Cloudflare, esa empresa de infraestructura de internet que suele
presentarse como el escudo protector de la red y que ahora parece haber
decidido protegerse, ante todo, de su propia masa salarial. La compañía ha
anunciado el recorte de aproximadamente el 20% de su plantilla, lo que supone
poner en la calle a más de 1.100 empleados.
Lo verdaderamente llamativo, y lo que provoca ese sudor frío
en el espinazo de cualquier trabajador del sector, es que Cloudflare no está en
la ruina. Al contrario, las crónicas de Reuters señalan que la empresa
venía de superar las expectativas de ingresos y beneficios ajustados en el
primer trimestre de 2026. No sé qué diría magistratura de trabajo en un caso
así…
La explicación oficial, envuelta en ese celofán
terminológico que tanto gusta en San Francisco, es que la empresa está mutando
hacia un modelo operativo denominado "agentic AI-first".
Matthew Prince y Michelle Zatlyn, los mandamases de esta criatura, han
comunicado a sus huestes que esta reorganización no responde a presiones
financieras a corto plazo ni a un bajo rendimiento de los trabajadores, sino a
una "reimaginación" de cada equipo y función para adaptarlos a la era
de los agentes de IA. Es decir, que el uso de herramientas de IA dentro de la
propia casa ha crecido más de seis veces en los últimos tres meses,
permitiendo que miles de sesiones de agentes realicen tareas que antes
requerían el concurso de seres humanos de carne y hueso.
Este movimiento pone en evidencia una aparente gran mentira
que se ha venido repitiendo en congresos y seminarios: la IA no venía a
sustituir a las personas, sino a "aumentarlas". Una frase
redonda, ideal para ser pronunciada con una sonrisa profident (o Colgate, para
que no se me enfaden) ante un auditorio entregado.
Pero la realidad de Cloudflare sugiere que la
"aumentación" es solo la antesala de la sustitución absoluta bajo la
narrativa de la transformación. No es que la IA despida a nadie —los algoritmos
todavía no tienen esa potestad legal—, sino que son humanos con un Excel y un
plan estratégico los que deciden que el trabajador ya no encaja en el nuevo
organigrama. Y para que el trago sea menos amargo, se rocía el despido con una
nota de prensa que huele a innovación disruptiva, ocultando que, en el fondo,
lo que se busca es una estructura más magra y un beneficio por empleado que
haga suspirar de placer a los analistas de Wall Street.
El fenómeno del "AI-Washing" en los recortes
laborales
Lo de Cloudflare no es un caso aislado, sino el síntoma de
una epidemia que empieza a asolar Silicon Valley. Se está produciendo lo que
algunos expertos denominan "AI-washing" de los despidos:
utilizar la inversión en inteligencia artificial como una coartada conveniente
para justificar reducciones de plantilla que, en otras circunstancias, serían
vistas como una señal de debilidad o de mala gestión. Empresas como Block ya
abrieron el camino en febrero de 2026, eliminando al 40% de su fuerza laboral
bajo premisas similares de eficiencia algorítmica.
El problema de fondo es que la IA se ha convertido en el
nuevo "ambientador corporativo" que tapa olores viejos con fragancia
de futuro. Mientras los directivos hablan de "liberar tiempo para tareas
de valor añadido", lo que realmente están haciendo es automatizar procesos
de soporte, finanzas, marketing y recursos humanos mediante agentes que no se
cansan, no piden vacaciones y, sobre todo, no se quejan en las redes sociales.
2. El laberinto europeo: entre el gendarme ético y el
miedo al vacío
Mientras al otro lado del Atlántico se despide con alegría
algorítmica, en la vieja Europa el asunto de la regulación de la IA ha empezado
a provocar sudores fríos en los despachos de Bruselas. La Unión Europea, que se
las prometía muy felices siendo la primera en poner orden en el caos con su AI
Act, ha tenido que dar un paso atrás, o al menos un paso de lado, ante la
presión de los gigantes tecnológicos y de algunos estados miembros con
intereses industriales, como Alemania.
Se ha filtrado que las obligaciones más duras para los
sistemas de IA considerados de "alto riesgo" —aquellos que se
utilizan en la selección de personal, la biometría o la gestión de
infraestructuras críticas— se retrasarán hasta finales de 2027.
El debate es precioso porque contiene veneno en ambos lados
del plato. Por una parte, Europa quiere ser el faro de la ética, evitando que
la IA se convierta en una barra libre de cajas negras tomando decisiones
vitales sobre los ciudadanos. Por otro, las empresas claman que, si se imponen
27 capas de burocracia y cumplimiento antes de permitir que una startup europea
mueva un solo bit, para cuando terminen de rellenar el formulario, una empresa
de Texas ya les habrá comprado el mercado y hasta el mobiliario de la oficina.
El dilema de la competitividad y el informe Draghi
Este retraso no es solo una cuestión de calendario, sino una
señal de que el "monstruo" de las Big Tech ha carraspeado un poco en
la sala de negociaciones y a los legisladores se les ha caído la estilográfica
al suelo. La parálisis o el retraso en la ejecución de la AI Act también se
entiende mejor bajo la luz del informe de Mario Draghi sobre la
competitividad europea, que ha dejado claro que el continente corre el riesgo
de quedarse en la irrelevancia tecnológica si no equilibra su afán regulador
con un apoyo decidido a la innovación.
Europa quería ponerle a la IA cinturón de seguridad, airbag
y hasta control de alcoholemia, pero ahora parece que alguien ha dicho:
"bueno, tampoco molestemos demasiado al bicho, que igual se nos va a otra
nube y aquí nos quedamos solo con los reglamentos y los sellos de caucho".
El problema es que este "respiro" que se le da a la industria puede
ser letal para los ciudadanos. Si los sistemas de IA operan sin supervisión
hasta 2028, se corre el riesgo de que los abusos se normalicen y que el daño ya
sea estructural.
3. Disputas legales: cuando la "caja negra"
llega al juzgado
El tercer acto de este sainete tecnológico toca directamente
a dos pilares: la selección de personal y la propia definición del éxito
empresarial.
Eightfold y la máquina que decide si vales
Recursos Humanos, ese departamento que antes servía para
pagar nóminas y organizar la cena de Navidad, ahora pretende gestionar el
talento mediante algoritmos que nadie entiende. Eightfold, una compañía
que se dedica precisamente a aplicar IA al talento, ha sido demandada en
Estados Unidos por supuestamente ayudar a las empresas a puntuar candidatos sin
la más mínima transparencia.
La demanda sostiene que Eightfold puntúa a los solicitantes
en una escala de cero a cinco basándose en datos recolectados de más de mil
millones de trabajadores en todo el mundo. El problema es que esta
puntuación se genera de forma opaca y, a menudo, sirve para que el algoritmo
descarte al candidato antes de que un par de ojos humanos lleguen siquiera a
vislumbrar su nombre en la pantalla.
Este asunto es especialmente delicado porque convierte la
selección en una especie de ruleta algorítmica. Dejar que una "caja
negra con corbata" decida quién merece una entrevista es un
"marrón" reputacional y legal de proporciones bíblicas. No se puede
hablar de "humanismo organizativo" mientras se subcontrata la ética a
un proveedor de software que opera como una agencia de calificación crediticia
encubierta. El mensaje para los directivos es claro: si no saben cómo funciona
el algoritmo que han comprado, mejor que empiecen a aprender, porque el juez no
aceptará como excusa que "el código es propiedad intelectual".
Duelo de titanes: Musk contra Altman
Y para completar el "salseo" de tribunales, ha
comenzado en Oakland el juicio entre Elon Musk y Sam Altman sobre
el alma (y la caja registradora) de OpenAI. Musk acusa a Altman de haber
traicionado la misión original de la compañía —nacida como entidad sin ánimo de
lucro para salvar a la humanidad— para convertirla en una "máquina de
riqueza" valorada en más de 850.000 millones de dólares y controlada de
facto por Microsoft.
El juicio promete ser un espectáculo de egos y filtraciones
sobre cómo se gestó el fenómeno ChatGPT en los apartamentos de San Francisco.
Mientras Musk llama a Altman "Scam Altman" (Altman el
estafador) en sus redes sociales, los abogados se pelean por pruebas de la
"traición". Este lío no es solo cotilleo para millonarios; tiene
implicaciones profundas sobre quién controla el desarrollo de la Inteligencia
Artificial General (AGI). Por ahora, un jurado tiene la difícil tarea de
decidir si un apretón de manos y unos correos electrónicos de hace diez años
constituyen una promesa inquebrantable de altruismo digital.
4. La factura ambiental del sueño digital
Mientras nos distraemos con los despidos y los juicios, el
hardware está empezando a pasar una factura ambiental que ya no se puede
ocultar con filtros de Instagram. El último informe del AI Index de la
Universidad de Stanford revela que el apetito eléctrico e hídrico de la IA
es insaciable.
El entrenamiento de modelos como Grok 4 (el de Mr.
Musk, para más señas) ha emitido tanto CO2 como 17.000 coches circulando
durante todo un año. El consumo de agua para refrigerar los servidores de
GPT-4o podría satisfacer las necesidades de 1,2 millones de personas.
Este derroche pone en entredicho las promesas de
sostenibilidad. La IA no vive en una nube etérea; vive en naves industriales
inmensas que consumen tanta energía como países enteros como Austria o Suiza.
Además, el tablero geopolítico se mueve: China ha conseguido casi borrar la
ventaja tecnológica de Estados Unidos, mientras la capacidad de EE. UU. para
atraer talento se desploma, sugiriendo que el paraíso tecnológico americano
pierde su brillo.
5. El espejismo de la productividad y la semana de cuatro
días
En medio de este caos, OpenAI ha publicado un documento
sugiriendo que las ganancias de eficiencia de la IA deberían traducirse en una semana
laboral de cuatro días (32 horas) sin pérdida de sueldo. Es una propuesta
preciosa, de esas que hacen que los sindicatos lloren de alegría, pero que
choca frontalmente con lo que estamos viendo en Cloudflare o Meta, donde la
eficiencia de la IA se traduce más bien en una semana laboral de cero horas
para el 20% de la plantilla.
La desconexión entre la visión utópica de los laboratorios y
la práctica descarnada de los consejos de administración es total. Mientras los
investigadores sueñan con una humanidad liberada, los directivos financieros
sueñan con una cuenta de resultados liberada del gasto en personal.
El broche de oro (miedo): El Manifiesto de Palantir
Y cuando ya creíamos que el sainete no podía alcanzar cotas
más altas de barroquismo, va y aparece el Manifiesto de Palantir, como
si a la fiesta le faltara el invitado que siempre llega con una biblia en una
mano y una factura de defensa en la otra. Lo de Alex Karp y su tropa es,
directamente, misticismo de alto voltaje.
Este manifiesto no es una hoja de ruta, es una declaración
de principios que parece redactada por un profeta que ha cambiado el desierto
por un centro de datos en Denver. En esencia, nos vienen a decir que la IA no
es ya una opción, sino una obligación moral para que "los buenos" (con
ellos liderando, por supuesto) no acabemos siendo devorados por "los
malos" (esos otros que no usan presentaciones con degradados tan bonitos).
Es el argumento de "o me dejas las llaves de tu casa y de tus datos, o
vendrá el coco y se llevará hasta el gato".
Lo fascinante del texto es esa mezcla de mesianismo y
pragmatismo despiadado. Mientras en Bruselas se lían con los cinturones de
seguridad para nubes eléctricas, Palantir nos recuerda que en el tablero
geopolítico —ese donde China ya ha borrado casi toda la ventaja tecnológica de
Estados Unidos— no hay tiempo para
ninguna delicadezas éticas. Para ellos, la IA es el acero del siglo XXI:
o lo forjas tú para proteger tu jardín, o te lo clavan por la espalda.
Para un servidor, que ya tiene el colmillo retorcido de ver
cómo la "transformación" suele ser el nombre artístico de la
"reducción de costes", lo de Palantir suena a la última frontera del
control. No quieren ser una herramienta; quieren ser el sistema operativo de la
realidad. Es la "caja negra con corbata" de Eightfold, pero esta vez
con galones militares y una visión del mundo donde la privacidad es ese mueble
viejo que ya no pega con el minimalismo del nuevo orden algorítmico
Conclusión: ¿Progreso o prestidigitación?
Diferentes noticias, diferentes escenarios y una misma
conclusión: la inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa para
convertirse en una herramienta de poder, y como toda herramienta de poder, se
está usando donde más duele y con el menor número de explicaciones posible.
Lo que Cloudflare nos enseña es que el éxito financiero ya
no es garantía de estabilidad laboral; el trabajador es ahora una pieza
intercambiable en un juego de optimización algorítmica. Lo que ocurre en Europa
nos advierte de que la ética es un lujo difícil de mantener cuando el miedo a
quedarse atrás aprieta el cuello de los legisladores. Y lo que vemos en los
casos de Eightfold y en el "salseo" de OpenAI es el recordatorio de
que no podemos delegar nuestra dignidad y nuestro futuro colectivo en una máquina
opaca o en egos desmedidos, por muy eficientes que prometan ser.
La IA puede ser una palanca extraordinaria, pero si
permitimos que se convierta solo en ese "ambientador corporativo" que
tapa el olor de los despidos, la falta de transparencia y el derroche de
recursos, nos encontraremos pronto en un mundo donde las decisiones las tomará
una tostadora con corbata y a nosotros solo nos quedará la opción de sonreír en
el PowerPoint de despedida.
Estén atentos, porque si el futuro huele a tostadora con
poder disciplinario y misticismo geopolítico, más nos vale aprender a
manejar el mando a distancia antes de que se queden con las pilas. La cosa que viene
se va poniendo calentita.
Fuentes principales
- Fortune
India — Cybersecurity firm Cloudflare to cut 20% workforce as AI
reshapes operations
- The
Guardian — Tech companies are cutting jobs and betting on AI. The
payoff is far...
- BCG
— AI Will Reshape More Jobs Than It Replaces
- Stanford
HAI — Inside the AI Index: 12 Takeaways from the 2026 Report
- GovInfoSecurity
/ Bank Info Security — Europe Moves to Delay and Dilute AI Regulations
- IAPP
— EU AI Act reform talks stall as key compliance deadline looms
- TechPolicy.Press
— EU’s AI Act Delays Let High-Risk Systems Dodge Oversight
- Whiteford
Law — Employment Law Update: AI Hiring Under Fire: Algorithmic
Screening Enters The Chat
- Financial
Poise — AI Hiring Tools and Consumer Reports: Understanding the
Eightfold Litigation
- Akin
Gump — AI Hiring Platform Faces FCRA Class Action Over Data Use |
Kistler et al. v. Eightfold AI Inc.
- CDF
Labor Law — AI Lawsuit Pushes the Boundaries of AI Litigation — and
May Signal a New Wave
- Enlace
al Manifiesto (X/Twitter): Podéis encontrar el hilo original publicado
por @PalantirTech el 18 de abril de 2026, donde desglosan los 22
puntos que justifican como "realismo geopolítico" y que muchos
críticos tildan de "tecnofascismo".
Análisis detallado en prensa (que veáis que esto de
Palantir no es que lo diga yo solo)
- The
Guardian: Palantir manifesto described as 'ramblings of a
supervillain'
- Al
Jazeera: Technofascism? Why Palantir’s pro-West ‘manifesto’ has
critics alarmed
- ChatAI:
Palantir Publishes 22-Point Manifesto on AI, Defense, and
the Future of the West

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